Erase una vez  un dignatario que prometió a otro  dignatario que se iba a aprobar el Estatut que decidiera Catalaunicum. Por aquellos días, el tema tenía más o menos la misma importancia para el ciudadano que el extraño color de las púas de espinete; pero aquello era lo de menos. Resulta que se empezó a caldear el ambiente y la expectación general llegó a ser tal,  que el ciudadano pensaba que sin aquel documento Catalaunicum no tendría futuro y  que el papiro de marras iba ser una mezcla entre la piedra filosofal y la quintaesencia del maná divino.

 En eso estábamos cuando llegó al reino otro comisionado, famoso por su espíritu de concordia. “la ocasión la pintan calva” dijo el baranda en cuestión. “si hace falta, nos negaremos a todo, incluso a lo que poco después aprobaremos en Al-Andalus”. ¿O es que solo van a sacar tajada de esto los dignatarios?

 Y al fin llegó el día de la consulta, y los pescadores, los charcuteros, los mesoneros y todos aquellos a los que hasta meses antes  el tema se la traía pendularia, corrieron a votar en conciencia, convencidos de que si había tanto revuelo, la cosa tenía que ser importante.

 Hubo gran alborozo con la aprobación de aquello, aunque algunos testigos presenciales cuentan que vieron al comisionado jurar que la cosa no iba a quedar ahí, y que ya veríamos quien reía el último cuando el tema llegase al consejo de sabios.

 Pasaron los años, muchos años en los que las caras fueron cambiando y  en los que aquel papiro estuvo en manos de los sabios del reino, que no se ponían de acuerdo sobre las bondades de lo votado democráticamente. Todo ese tiempo sirvió para que los ciudadanos, los mandamases y los que apoyaban a una u otra facción hiciesen de aquello una cuestión de genitales identidad nacional o amenazaran algo tan artificial en origen como democrático. 

 Al fin llegó el día en el que alguien tuvo la brillante idea de fraccionar el documento y aprobarlo por partes para llegar a un acuerdo. Como ya habrán adivinado, la solución no contentó a nadie. Indignó a unos, puso en evidencia a otros y creo discordias entre gentes del mismo bando ante el problema de tener que ganar las siguientes elecciones. Solo algunos ancianos recordaban como al principio a casi nadie le importaba demasiado todo aquello, cómo luego se aprobó democráticamente un texto y cómo después un consejo de sabios promulgó lo que consideró oportuno. -Nada extraño-, le dijo un paisano a otro un buen día en el que recordaban la historia. En un reino donde hay demasiados intereses es normal que se originen  historias interesantes; aunque al final unas sean reales, otras artificiales y casi todas terminen convirtiéndose en una perogrullada.