El último cartucho que han disparado los sindicatos para tratar de no tener que plantear una huelga general ha transcurrido con normalidad. Independientemente del baile tradicional de cifras, queda claro que las organizaciones sindicales carecen de la fuerza social que tenían en los 80.

La sociedad ha evolucionado mucho en los últimos 30 años; los sindicatos menos. Lo único bueno de la crisis es que nos permite averiguar nuestras carencias y a día de hoy, tanto UGT como CCOO tienen demasiadas, incluso para movilizar a su sector más afín.

No dudo de que un escenario de huelga general con más de 4 millones de parados iba a hacer daño al ejecutivo. Tampoco dudo de que el seguimiento de la huelga iba a ser aceptable. De lo que dudo es de que los sindicatos tengan fuerza real para aguantar un pulso prolongado de ser necesario, y no me refiero solo  a un pulso contra Zapatero, hablo de los diferentes envites que quedan por venir. Lo de hoy no ha sido un éxito ni un fracaso ha sido una constatación. Quizá deberían preguntarse el motivo y actuar en consecuencia.