A día de hoy ni lo se, ni tengo datos. Si me preguntan si quiero una central nuclear en mi jardín o si me apetece que un cementerio de residuos tóxicos pulule entre los acuíferos, diré que NO. No soy  gilipollas.

 Por el contrario, si me preguntan si quiero un polideportivo junto a mi casa y máquinas expendedoras de ambrosía y maná gratuito en cada esquina de mi ciudad, diré que SÍ. Como todo el mundo.

 Pero es que resulta que ninguna de esas preguntas aportan demasiado a una gestión correcta de la “cosa pública”; o al menos no por sí solas. Para enterarnos de la fiesta quizá tengamos que saber cuanto nos cuesta la ambrosía, qué precio estamos dispuestos a pagar por cada watio y a qué consecuencias nos obliga cada una.

 Quizá haya llegado la hora de preguntarnos cuanto cuesta apostar por unas energías o por otras, cuales son las más rentables y en qué términos, qué riesgos humanos barajamos, cuantos puestos de trabajo crearía cada elección o que impacto ambiental tiene cada apuesta. Con todas estas respuestas debemos abordar el debate energético. Si se juega la baza de las nucleares, esto generará nuevas preguntas que habrá que responder; pero también tiene que generar nuevas centrales. Si no se hace, tendremos que ir desmantelándolas al ritmo que creamos conveniente e ir creando alternativas. Se haga lo que se haga, va siendo tiempo de que tengamos las ideas claras; porque llevamos 30 años dando tumbos con el tema. No se puede dejar este tema en manos del que más grite o del que mejores estudios pueda pagarse para demostrar una tesis u otras. Hoy, gobernar empieza a ser necesariamente otra cosa.