Calderón ha hecho las cosas a la mexicana. Hace menos de un mes, 1500 miembros de las fuerzas especiales, entrenados para la lucha antidroga sustituían sin previo aviso y de la noche a la mañana a 700 policías de frontera. No sabemos el tiempo que necesitará la nueva tropa para corromperse, pero lo que si sabemos es que el presidente sigue apostando por la lucha contra el narco, y, como ha quedado claro, eso en México no es una política de gestos.

 

Es complicado explicar lo que pasa en el país, mucho mas allá de las grandes líneas generales. Los mas de 9.600 muertos del año pasado y lo que va de este, se mezclan entre informaciones confusas y sin demasiado sentido de luchas entre narcos. Posiblemente el gobierno tenga mucho que ver en todo eso. Quizá en un país donde los derechos humanos son limitados, el propio ejecutivo ha tenido que ponerse a la altura de esos límites. Por allí nunca se sabe, aunque lo que tengo claro es que los asuntos aztecas suelen lavarse en casa y por debajo de la mesa. Sea como fuere no voy a ser yo el que le enmiende la plana al presidente. Si existe una fórmula mejor para acabar con el narcotráfico en México, no se me ocurre. Al menos no, hasta que se abra un debate serio sobre la legalización de la droga a nivel internacional.

 

Hasta entonces, Calderón ha metido la cuchara en la herida mas sangrante de la sociedad. Y lo ha hecho desde lo simbólico, hasta lo mas práctico. Desde la ocupación de la frontera, hasta el cuestionamiento del culto a la santa muerte; esa virgen de los desarrapados y los olvidados, pero también de delincuentes y  narcotraficantes. Un debate complejo para una sociedad muy compleja que no termina de encontrar el método para canalizar su riqueza. Un mexicano me dijo una vez que habían heredado la terquedad del indio y la avaricia y el sentido de la transa del español. Puede ser. Desde luego en este último aspecto no estamos para darle lecciones de urbanismo a nadie.