Parece que el brazo de la ley ha decidido dejar en libertad con cargos a los jefes del inmigrante que perdió el suyo mientras trabajaba en una panificadora. Al igual que hace unos días, he tenido que leer dos veces la noticia para poder creérmela. Uno, que ya tiene sus años, entiende que para mucha gente no es lo mismo un brazo armado que otro de madera, y que hasta el brazo de gitano tiene mejor prensa que el de un trabajador, si es inmigrante. Quizá sus jefes se vayan de vacaciones y tengan la oportunidad de volver hechos unos brazos de mar.

La xenofobia es esa enfermedad que anida en algunos subconscientes y empapa cada uno de nuestros actos. Lo primero que pensé el otro día es en si el personaje en cuestión hubiese tenido los santos cojones de dejar abandonado a su trabajador de ser español. Lo dudo. Las primeros lugares en donde aparece el racismo son siempre las cabezas de los más cobardes.

Pues eso, que yo hubiese sido mucho más contundente en un caso que mezcla xenofobia, con malas condiciones laborales y desprecio por la dignidad humana. No se si legalmente se podía hacer. Es solo lo que me pide el cuerpo.