Hay una mezcla de atavismo y tremendismo en las amenazas de pandemia. Parece que el recuerdo de la peste negra  nos golpea en los genes para recordarnos que 7 siglos no son nada en esto de la evolución humana. Quizá  tengamos cierto complejo de culpa implícito por ser el único depredador que se propaga por millares de millones en lo que queda de globo y ese complejo haga aflorar el alarmismo roedor de los que saben que el exceso, tarde o temprano será corregido por alguna causa natural.

 

La gripe porcina mexicana incide en ese concepto  jodeocristiano de mortificación que se convierte en género en las pelis de grandes catástrofes. En solo una semana, el tema se ha hecho internacional y los ríos de tinta buscan nuevos cauces preguntándose el porqué de su mayor mortandad en el país Azteca o contabilizando los casos en España con la paciencia que un escriba.

 

Puede que la ministra tenga razón y que el primero de los puntos se explique por la morfología de la población. Lo cierto es que el índice de diabetes en México es escandaloso y algunas teorías médicas hablan de las consecuencias de siglos de mala alimentación. Aunque parezca mentira, la ministra recoge un debate que está en la calle y al que de vez en cuando se refieren los propios mexicanos. Quizá sea eso. pero de lo que estoy seguro es de que la escasa calidad de su sanidad pública no ayuda y de que algunas condiciones de insalubridad, tampoco. En alguna ocasión he contado aquí un viejo chiste que se contaba entre los expatriados españoles; según el cual. Si alguna vez tenías un problema serio de salud, debías correr hacia un hospital privado y si era muy serio; hacia el aeropuerto.

 

En fin, parece que la gripe porcina no es nada que amenace definitivamente nuestra integridad física y que deberemos esperar un poco más al fin del mundo. Mientras tanto, siempre tendremos gente dispuesta a flagelarse para expiar nuestros pecados. Supongo que en esta vida tiene que haber de todo para sumar 11 y montar un equipo de futbol.