Está claro que los políticos corruptos colocan. La adicción a las drogas suele destruir la dignidad de las personas y Carlos Fabra sabe muy bien que el colocado se vuelve sumiso mientras espera su dosis mensual en forma de nómina. El clientelismo forma parte de esa tradición cortijera española tan nuestra que hace de los señoritos y el enchufismo los motores intelectuales de la creatividad española. Así nos va. El problema es que el arquetipo traspasa fronteras ideológicas y hace años que está presente en todo el panorama político. No hace falta hablar de los chanchullos que rodean a casi todos los partidos. El “desvío” de fondos públicos para aprovecharlos en beneficio de la organización de una u otra manera es una práctica habitual en la gestión política.

Hoy vemos como la trama del PP acapara titulares y como los responsables se aferran a la poltrona como la misma fuerza que las sangujuelas a su huésped. Estoy seguro de que hay más, muchísimo más, de la misma forma que estoy seguro de que no vamos a enterarnos de todo. Seguiremos viendo basura de todos los colores, azul y roja de la misma manera que la hemos visto con anterioridad. Lo lamentable es que si esta crisis pasa, todo volverá a la normalidad y ese es justo el problema. La puñetera normalidad política.