Lo único que siempre he admirado del Rey es su “saber estar” el las antiguas monedas de pela. Supongo que nunca conoceremos su papel exacto en la transición, pero aunque la monarquía fuese un mal menor, hace años que juega como anclaje de lo más rancio de este país.

 

Con la edad uno se hace tolerante con las debilidades humanas y el Borbón junto con Bush, Yelsin o Dinio pertenece a esa clase de gente con la que puede que no me llevara mal de no ser por “su trabajo”. Siempre hay que tener claro que la diferencia entre el que sabe disfrutar de la vida y el caradura sigue siendo que el primero curra para pagarse las facturas.

 

El otro día no vi el mensaje del Rey, pero si lo he leído en prensa y en algunos blogs, así que ni este post va a ser original, ni lo pretende. Mire usted, majestad; como bien sabe, porque su cara va adjunta a los sobres de mis currículums, estoy en paro. No voy a mentirle, así que le diré que ni mi situación es un drama, ni de momento, tengo problemas financieros. Lo que también le diré es que viendo como está el patio, me irritan las lecciones de vida y que a la hora de tirar del carro, los ideólogos e ingenieros me tocan los cojones. De todas formas, una cosa es cierta. Juan Carlos I tiene derecho a pedir lo que le de la gana, aunque suene a recochineo. El mismo derecho que tenemos todos a pedirle a los Reyes que dimitan el 6 de Enero. Y no se preocupen que ya nos encargaremos entre todos de tirar de los camellos.