He estado hoy sábado en el supermercado y aún no me lo creo: estaba vacío. Mi chica me ha recordado que estamos a fin de mes y que por lo tanto es normal. No, no lo es. Hace muchos años que voy al súper por estas fechas y tengo bien visto que habitualmente están hasta las cartolas. Pero hoy los 3 chicos que pesaban la fruta estaban libres, había una cola de 2 personas en la caja con más gente y no he visto ningún desfase en ningún carro con mariscos, cordero y demás. Si bien me ha gustado ver que la gente se aprieta el cinturón cuando tiene que hacerlo, la lectura más profunda es que el caminante de a pie está cagadito de miedo. El otro día leí que el 70% de los trabajadores tienen miedo de perder el empleo según una reciente encuesta. Lo malo es que este clima de miedo aterrador está impulsado, ante todo, desde arriba. Hasta el rey va por ahí discurseando sobre la crisis.

Lo malo de estar acojonado es que la gente con miedo hace cualquier cosa. Es una máxima bien conocida por el poder. De hecho, con tanto miedo hemos aceptado que donen nuestros impuestos a la banca, que algunas de las mayores inversiones estatales sean del ministerio de Fomento (que sólo se pueden llevar grandes empresas) y lo peor son las chorradas que están por venir. No hay nada de ayuda de base, para relanzar la famosa demanda agregada de Kaynes (que fue su receta para salir de la crisis del 29, ayudar al pequeño para que siga consumiendo y no muera). Sólo hay una crisis enorme y los pequeños os tenéis que joder. Mientras tanto algunas de las grandes empresas (miren las cuentas de resultados de BBVA o Santander) ganan más que nunca. Con ayuda de todos.

Quizá sea hora de que sean ellos los que se acojonen, somos más.