La condesa de Murillo acaba de descubrir lo revuelto que está el servicio en algunos países asiáticos. Afortunadamente para nosotros Esperanza Aguirre ha salido ilesa y no auditará de primera mano la calidad de los hospitales públicos hindúes. Debemos congratularnos con la noticia,  porque conociendo su implacable lógica  puede que algún hospital madrileño terminara pagando el pato.

Lo cierto es que las posibilidades de que la presidenta de Madrid acabe en manos de la sanidad pública india, solo son factibles en nuestra calenturienta imaginación, pero no estaría mal que hubiese probado en sus carnes las consecuencias de un sistema universal deficiente por la falta de inversiones adecuadas.

En algunos países de Latinoamérica, los españoles suelen decir que de tener un problema los envíen de urgencia a la privada, pero que de ser el problema gordo, el envío debe producirse hacia el aeropuerto en busca de nuestra sanidad pública. Lo cierto es que allá donde la inversión pública sanitaria es insuficiente, el panorama puede ser tan dantesco como tener que ver a parturientas trayendo al mundo a sus hijos de pié, o a necesitados de transfusiones comprando la sangre en pública subasta. Claro que la alternativa es pagar por cada noche de hospital privado, más del sueldo medio de dos meses de cualquier lugareño. No hubiese estado mal una cura de humildad para parte de nuestra nobleza, porque al final, un sistema de salud público que funcione es un logro que pocos países han podido conseguir y un lujo demasiado grande como para que cualquier cantamañanas lo estropee. Pero no hay que ser machistas, la ministra Aído tiene razón. Si hay una palabra que admite tanto el masculino como el femenino es precisamente esa. Cantamañanas.

Nota Uno: post escrito desde un ciber y sin word, ruego se perdonen los fallos.

Nota dos: Espero poder actualizar normalmente para el Lunes que viene. Aún debemos el análisis de la reunión de Washington y una charleta acerca de lo que va a venir y de los pitufos maquineros.