Cuadro: Tana Simó: (Doble click)p>

Fue Giputxi el que nos dio la noticia 5 días antes de que lo hiciesen los diarios en España. La versión oficial del “accidente” en el que murieron Mouriño junto con varios dirigentes de la lucha anti-droga del gobierno Panista ha sido que el jet pilotado por dos profesionales inexpertos, entró en el chorro de propulsión del Boeing que le precedía. Evidentemente Guiputxi nos lo contó de otra manera, sin perder la oportunidad de tirarme de las orejas. Hace unos días un amigo me comentó que desde el plano político, la versión del gobierno era creíble. Su argumento era bastante lógico y recalcaba que de ser cierto el atentado ¿Por qué ocultarlo?. ¿No es más inteligente ensalzarlo y utilizar la indignación de la población para combatir aún con más fuerza el narcotráfico?.

 

En una democracia europea, tal vez. Pero no debemos olvidar que México es una democracia presidencialista y que, como en todos los países donde la distancia al poder es alta y el panorama muy diverso, lo último que puede evidenciar el poder es debilidad. Esta actitud es muy similar a la de los gobiernos totalitarios. La respuesta de Calderón ha sido de manual, negar su vulnerabilidad y acto seguido golpear duro.  El problema es que en México, el narcotráfico es una filosofía, una forma de vida que se arraiga en las capas sociales más desprotegidas y que se expande por toda una sociedad, perfectamente abonada para ello. ¿Qué hay detrás de los crímenes de las mujeres de Ciudad Juárez? ¿Qué hay detrás de los asesinatos de Colosio, o de Mouriño, o de tantos y tantos otros?. No es solo el narcotráfico, en la jungla los fuertes se alían y lo pagan los débiles. Calderón tiene que afrontar un país donde el gobernador y el narco se dan la mano y cantan rancheras con el político y el mafioso. Donde los capos se pasean por la calle como Pedro por su casa.

 

Una anécdota: Hace más de un lustro un pequeño grupo de “gueritos” se iban de parranda a las 4 AM por la plaza Garibaldi. Cualquiera que conozca México sabe lo peligroso que es eso. Después de varios tequilas con toronja y algún corrido interpretado por mariachis desdentados con guitarras de dos cuerdas, entablamos conversación con un sujeto impecablemente vestido que disfrutaba de una serenata con “su mujer” en medio de la plaza. Desde ese momento 2 de los hombres que le rodeaban se convirtieron en nuestros guardaespaldas particulares mientras estuvimos dando la nota en Garibaldi. ¡ Bendita inconsciencia!. De esa noche hay cosas que no debo contar, porque en algunos temas soy un caballero. Solo diré que terminamos adoptando un perro abandonado entre Garibaldi y Tepito, que con la luz del día resultó ser un Pit Bull “peleado”.; pero lo de Gerardo; así se llamó el “angelito” del perro hasta que decidió largarse, es otra historia.  Puede que le debamos a ese narco el habernos ahorrado un buen susto y que esa “hospitalidad” mexicana, además de proporcionarnos una extraña anécdota, nos librara de algo más. Lo cierto es que la impunidad con la que se movía y el respeto con el que se le trataba es todo un síntoma de una sub-cultura muy arraigada. La cultura del más chingón. Preocupante.