Copenhague; Cristiania

Lo correcto de Copenhague se va entre los orines de los esquimales borrachos que decoran algunas estaciones del metro. La ciudad es bonita sin maravillar, y recuerda a Porto Bello en alguno de sus barrios. Hay algo más, algo que no se   muy bien a que sabe, pero es familiar . Las calles comerciales, el castillo con su molino y su iglesia de imitación o la turné en bicicleta son agradables y merece la pena darse un garbeo para oír las chorradas de los turistas en torno a la sirenita – la sirena es lo de menos -.

 

El plato fuerte es Cristiania; tanto de día como de noche. De la comuna original no  queda nada en lo ideológico y lo de antaño se nos ha ido por el desagüe de unos garitos que serían la envidia de la Castellana. Historias a parte, lo cierto es que viven a su aire  y sin joder, y eso es respetable. El trapicheo ha salido de los coffe shops y ahora se monta en mesas improvisadas que lucen placas de hachís y manojos de hierba por los  que hubiera matado en otra época. Buscando aquí y allá conseguimos comernos un trozo de rata en forma de hamburguesa que un paisano aún sigue abrasando entre chiringos y cigarros de la risa. Es jodido vivir en Cristiania si no eres vegetariano.

 

Volvimos por la noche. La cerveza es barata y el ambiente alegre. Nos fumamos un peta recordando viejos tiempos y descubrimos que María ha ido al gimnasio desde aquellos viejos tiempos. De vuelta, gula. 4 estaciones y 4 salidas a la calle para devorar cualquier cosa y vuelta a empezar. La habitación del hotel parece el camarote de los hermanos Marx. Hay que reconocerlo, hace falta ser un hijo de puta muy eficiente para meter dos literas, cuarto de baño, tele y mesillas en ese espacio. Me hago un cubata con los restos de los hielos que hemos machacado en la papelera metálica antes de salir y me enciendo un piti. Estoy colocado y borracho. El huevón de la litera de arriba, ex fumador para más señas y que se ha hostiado dos veces de camino al hotel en las escaleras del metro se dedica a protestar. Decido abrir la ventana y empiezo a hacer figuritas con el humo mientras lo estampo contra el cristal, poniendo caretos y haciendo el gilipollas. Doy otra calada y descubro a que sabe. Copenhague sabe a adolescencia estudiantil.