Olvidar la raíz de un problema suele elevarlo al cuadrado. Tanto la crisis del 29 como la actual tienen algo en común. Parte de la fuente de todos los males ha sido el descontrol de la internacionalización de capitales, sobre todo financieros. Salvando las distancias y aparcando debates más sesudos, a toda agresión corresponde una reacción que para bien o para mal, suele ser de signo contrario; es una constante histórica.

La reacción natural a una agresión provocada por ese efecto mariposa del que hablábamos hace muchos meses, probablemente vaya en un sentido ya conocido. Si la nación se siente atacada por ese exceso de mundialización financiera, la reacción suele ser el repliegue sobre sí misma; para lo bueno – también lo hay – y para lo malo.

Tenemos una buena oportunidad para volver a poner al hombre en el centro del debate, para plantearnos nuestra economía nacional y llevarla hacia sitios más productivos y sociales, para construir una globalización a nuestro servicio y no al del capital. Lo único bueno de que casi todo se tambalee es la posibilidad de reconstruirlo poniendo los pilares de forma correcta. Por otro lado, en la parte negativa; esa reacción nacionalista hará que la xenofobia vaya en aumento en los próximos años y empezará desde abajo, desde las capas más afectadas por la crisis.


Los españoles siempre hemos pensado que no somos ni racistas, ni xenófobos y empieza a ser hora de que nos miremos al espejo y reconozcamos que es falso. No vamos a entrar en el análisis histórico de Nazismo, Fascismo o Franquismo, pero si es bueno señalar algunos puntos. Los dos primeros nacen en países industrializados que atraviesan una grave crisis económica y de descomposición social. Tanto los camisas pardas de Hitler (S.A) como los camisas negras de Mussolini, son reclutados entre las clases más populares del país, aunque terminen representando a las clases más privilegiadas. Por su parte el Franquismo no tiene en ningún momento apoyos populares y mucho menos entre un incipiente proletariado. Es un golpe militar que se apoya en origen en las capas sociales más reaccionarias. – ejército, terratenientes, clero y elementos muy minoritarios de la alta burguesía oligárquica – . No es casual que las tres regiones industrializadas de España ( País Vasco, Cataluña o Madrid) permanecieran fieles a la república, porque ni la burguesía, ni las clases medias liberales, ni muchísimo menos el proletariado se adhirieron al golpe en un principio.

La sociedad española de hoy es compleja y se asemeja más al resto de sociedades post industriales europeas que a esa España rural del 36. Mientras las reacciones ultra nacionalistas sean cosa de 4 niños pijos, no son peligrosas. El propio desprestigio del régimen anterior y su nulo arraigo social contendrán su crecimiento y puede que esa sea la causa de que no hayamos tenido movimientos xenófobos de importancia a día de hoy. El problema empieza en el momento en que ese discurso cala en las clases más desprotegidas, incluso como crítica al capitalismo. En este sentido, tanto gobierno como oposición cometen una irresponsabilidad peligrosa al sacar la calculadora e intentar hacer electoralismo con este tema. Los medios de comunicación tendrán también un papel esencial, porque no debemos olvidar que a este tipo de opciones las maneja el miedo y el miedo tiene un componente psicológico muy importante. Países como Italia o Austria empiezan a advertirnos de las consecuencias de un mal manejo de la situación. En España es hora de pensar en soluciones desde la izquierda ante la escalada de la xenofobia. Por eso este tipo de posts son buenos de vez en cuando, para no olvidarnos de que las actitudes que evitan racismo y xenofobia siempre empiezan por nosotros mismos.