8 jun
Dubrovnik, Split, Hvar. (Croacia).
La delincuencia en Croacia es extraña. Puedes encontrarte en Dubrovnik una familia de montañeses que se dedican a atracar turistas con los dos abuelos de 70 años a la cabeza o un yonki en Split hablando 4 idiomas. Son las secuelas del trauma en un país que parece haber olvidado sus peores años.
Dubrovnik se muestra como una ciudad reconstruida y pensada para el turismo, donde ya solo se contemplan sus raíces en la ansiedad de sus habitantes por ofrecerte habitación ( sobe). Demasiado correcta para mi gusto, pero mi gusto es poco convencional y hay que reconocer que su casco viejo, su muralla y su historia son bonitas y dignas de conocerse. Las guías dicen que son Dubrovnik y la tranquilidad adriática de la isla de Hvar las que tienen que gustarte, pero si quieres una urbe con gente de verdad, edificios grises y una zona donde las piedras hablan, la ciudad es otra.
Split nos ofrece una parte monumental auténtica y llena de vida en torno al palacio de Diocleciano. Junto con lo turístico aparece la Croacia auténtica, la portuaria, la industrial, la ciudad donde las viudas de guerra paran a turistas para ofrecerles habitación y en la habitación te encuentras la cartilla militar de su difunto marido guardada en un cajón. La ciudad donde los Croatas se buscan la vida y te cuentan cosas y ves un país joven que quiere crecer para olvidarse de lo sufrido. Hay racismo en Croacia, pero existe con unas dimensiones que ni juzgo, ni puedo entender. Lo único que se es que cuando la frustración se hace política y la política estimula el odio, el resultado avergüenza a toda nuestra especie. Los Balcanes son un buen ejemplo de lo que digo.
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