La década perdida no nos la quita nadie. Esa se ha ido y no va a volver, así que el ejercicio saludable consiste en retener lo bueno y aprender de lo malo. Para las resacas hay que usar el espidifen del optimismo porque si no, el ruido de la autocompasión terminará por eternizar tu dolor de cabeza. El país empieza a estar en crisis y la noticia es mala. Es absurdo ocultarlo; todo cambio de ciclo económico genera inestabilidad e impacto social y este no va a ser una excepción.

Por otra parte ha sido este modelo de desarrollo el que ha sido incapaz de satisfacer las necesidades del sentido común. En su mejor época nos ha hecho mileuristas y a partir de hoy nos convertirá en parados. ¿Cómo va a reaccionar la generación X?; la conciencia de habernos jodido para nada ¿Será la chispa que nos despierte de nuestra pereza?. Las oportunidades suelen salir de las cenizas de lo anterior. En este sentido no pensamos que la crisis será el caos, pero si va a mover engranajes y aunque se parta del peor sitio en la pole, el cambio siempre es una opción si se quiere aprovechar.

La política tendrá mucho que decir y una oportunidad inmejorable para demostrar que sirve para algo; pero somos los mileuristas los que tendremos que demostrar que existimos, los que tendremos que quejarnos de manera colectiva si queremos llegar a algún sitio. De aquí a poco tiempo volverán a reorganizarse algunas fichas del juego. Lo normal, lo que siempre ha pasado, es que los fichatenientes acaparen más y sigan precarizando al resto con mayores argumentos; pero no tiene por que ser así. El capital es miedoso y lo bueno de la historia es que si no se olvida, no nos condena a repetirla.