13 May
Como decíamos esta ha sido la segunda película de la directora Kimberly Peirce. La primera fue “Boys don´t cry” (1999), la del tipo que se cargaban cuando descubrían que era una chica que quería ser chico. La temática que nos acerca parece que va a ser un nuevo filón a explotar por parte de Hollywood: el regreso, la adaptación, como lo queráis llamar, de los soldados que están en Irak a EEUU. El argumento de la película es ese: regreso de unos soldados destacados en Irak que pertenecen al mismo pueblo, que eran colegas desde antes de ir a la guerra. Unos marines que intentan rehacer su vida, reintegrarse a la vida del enésimo pueblecito Iñaki de la América profunda, donde la mayor diversión (y eso lo retrata muy bien) es ponerse hasta el culo de cerveza y disparar contra cualquier blanco (me refiero a una diana) que se ponga a tiro de su semi-automática.
La película comienza bien, de hecho había instantes que me parecía estar viendo aquellas imágenes que ofrecía la televisión estadounidense de la guerra del Vietnam por la tele en los setenta, puro realismo, acción, rapidez y frescura. Durante el primer tramo de cinta que coincide con una misión de una patrulla en Irak (que incluye a todos los protagonistas masculinos) y posterior vuelta a casa, con el reencuentro con la gente del pueblo, las broncas, los procesos de adaptación con sus dificultades y tal, el film mantiene el tipo y el interés. Esto incluye la primera hora de película.
El problema empieza entonces. La directora, o quien sea, parece que se le olvida a que está jugando, se pierde: no se sabe si quiere seguir haciendo el mismo tipo de película que su opera prima, o quiere hacer una película de denuncia, o alguna especie de thriller…Entonces el globo empieza a deshincharse, progresivamente pero sin pausa. En ese momento empezaron mis bostezos hasta el final, que todavía me dejó con más dudas (aparecen unas cuantos párrafos de textos de denuncia). Podría haber esperado un poquito en la película, para que sus personajes comenzaran a sufrir de todos los traumas y estreses postraumáticos que empiezan a sufrir al de 10 minutos de entrar en el pueblo. Y si lo hace podía haber hecho algo más espectacular, y con espectacular me refiero a trabajar más las escenas y elegir a un actor que sea capaz de llevarla a término, porque esa es otra, la de los actores.
No se de quien es amigo Ryan Phillippe, pero debe ser importante. Esa cara de niño que tiene no estoy yo muy seguro que sirva para interpretar a un veterano de Irak, partiendo del hecho que (para mi) es un actor muy, muy limitado. De hecho yo lo desterraría a la comedia romántica, a sufrir toda la eternidad. Del resto, pues bueno, nada del otro jueves, ya se me han olvidado hasta sus caras (menos la de “Rico”, que se la dejan bonita).
De banda sonora muy justita anda, que no siempre hace falta, pero a veces se echa en falta. Y para los que no les gusta que la cámara se mueva demasiado, esta no es su película, porque a veces tenía la sensación de ver una filmación pirata de alguien en el cine (y no me refiero a cuando utilizan el recurso de ver lo que uno de los actores está grabando).
Resumiendo. No siento las piernas, y si quisiera sentirlas pues vería “El cazador” (Michael Cimino, 1978), eso si que son traumas posguerra, y no estas cuchufletas.




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