5 may
Ha muerto Leopoldo Calvo Sotelo. No tengo ni idea de la importancia que ha tenido su figura en la transición política de este país, porque casi no lo recuerdo y porque al bueno de Leopoldo no se le estudia demasiado en las facultades de Historia.
No dudo de que tuviese un papel fundamental en la aparición de UCD, ni de que fuese un tipo caracterizado por su fina ironía y su buen talante. Sin embargo de ahí a que fuera una pieza clave en el asentamiento de nuestra democracia va un mundo. Morirse en este país, viene a ser como concursar en un Reality Show: te da 10 minutos de gloria, los que no te conocen se inflan a hablar de tí y casi siempre terminas por volver al anonimato del que ya no saldrás jamás.
Sin ser un experto en el tema, parece justo reconocer que el mérito de Leopoldo fue el de parecerse a Rommel en sus últimos días en África. O lo que es lo mismo, terminó recogiendo los pedacitos de un proyecto roto y ubicándolos convenientemente en la papelera, mientras el PSOE ganaba las elecciones del 82. No es poco. Tiene que ser duro conducir un barco hacia el desguace sabiendo que vas de invitado y que nadie te valorará el gesto de iniciar un camino sin retorno. En ese sentido Leopoldo Calvo Sotelo lo hizo sin aspavientos, sin crispaciones y con la profesionalidad del que no pretende personalismos porque sabe que no ha sido elegido por el pueblo. Un buen ejemplo del que buena parte de la clase política debería aprender y que consiste en quitarse de en medio cuando ya no eres necesario.
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