El Sábado pasado vi en la tele una entrevista a Mario Conde. El Tiburón Gallego, ese yuppie que encarnó el sueño dorado de la beautiful people de los 80 estaba ajado, viejo, estropeado. La cárcel es así, los jabones no suelen ser de aloe vera y tienden a dejarte el cutis como una lámina de papel de estraza limado con lija del 15. Aún así la entrevista fue interesante y las posibles conclusiones bastante aleccionadoras.    Sin entrar en la intervención de Banesto ni en los motivos políticos o económicos que la motivaron, la vida y milagros del banquero que representó la parte más salvaje del ejecutivo agresivo español ha sido todo un poema; desde sus inicios en laboratorios Abelló a su decadencia y ridículo político al frente del CDS. Conde, ese ejecutivo que cuentan las malas lenguas que comenzó vendiendo sus apuntes en la universidad de Deusto presentaba una faceta más humana y menos chulesca que la habitual. Era como si el paso del tiempo hubiera apagado la hoguera de las vanidades y le hubiese permitido la distancia suficiente como para reconocer errores.  

He estado tiempo pensando a que me recordaba aquello y al final me he acordado. Mario Conde estaba allí sentado, mirando y comentando imágenes de tiempos mejores, como aquel Napoleón leía y comentaba el Príncipe de Maquiavelo en 4 o 5 momentos distintos de su vida. Sus últimas anotaciones, las más interesantes, las que escribió cuando estaba exiliado en la isla de Elba, tenían ese mismo regusto amargo y reflexivo de la entrevista del gallego. Nunca me ha caído bien Conde y desde luego no me da ninguna pena. Estoy seguro de que si pudiera, volvería a su escalada de poder personal con el mismo porte que antes. Sin embargo ha sido una buena entrevista y lo bueno, estés de acuerdo o no, nunca sobra en televisión……ah y por cierto, habló de la crisis como de la más fuerte desde el 29 y este tío será muchas cosas, pero no es gilipollas.