16 feb
Praga ( Chequia)
Cuando el turismo lo arrasa todo, la sonrisa del príncipe azul se vuelve plástica y la frente se le pinta de un moreno-nieve artificial y sin encanto. Ese es el punto de Praga. El de la niña bonita que mira de reojo obsesionada con que la miren, con que todos le pregunten al espejito si conocen otra ciudad más hermosa.
Me aburre la capital Checa. La primera vez que estuve me impresionó el puente de Carlos, el castillo y sobre todo una plaza vieja que empezaba a llenarse poco a poco de turistas esperando a que su reloj se pusiera en marcha. Fue en Marzo del 96 y todavía se podía respirar algo del encanto depresivo de una ciudad Kafkiana, que hacía poco que había conseguido su independencia real.
La segunda vez fue en el año de las inundaciones y ni siquiera este encanto añadido consiguió conmoverme. La descubrí como una niñata ajada, caprichosa y sin morbo que recurre a la pataleta cuando el visitante no es exclamativo ante su belleza.
Solo dos detalles la incluyen en mis lugares con encanto. El recuerdo del 96 y un lado opuesto de la ciudad por donde nos perdimos buscando una peluquería. Fue un buen corte de pelo con un peluquero en un barrio perdido, que parecía que no había visto un guiri en su vida. Las dos ciudades; las dos formas de entender la vida. ¿Que queréis que os diga?; me quedo con aquel barrio feo y grisáceo
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