Como hemos comentado con anterioridad, IU está inmersa en un debate interno del que dependerá su propio destino político. Si su apuesta sigue en la línea del apoyo a Zapatero, tarde o temprano desilusionará a gran parte del electorado de izquierda. 

En este sentido la propia crisis puede acelerar el proceso y poner de manifiesto que en épocas turbulentas, los ciudadanos más perjudicados necesitan un discurso reivindicativo claro que es muy difícil que venga desde el gobierno. Si el señor Llamazares se empeña en creer que IU pinta algo más en la Moncloa que ser la pata de banco necesaria para que gobierne Zapatero, cometerá un error grave del que la propia presión de su base social le sacará muy pronto. Quizá el resultado de todo lo que puede llegar incida en el desprestigio de los partidos tradicionales al uso. Esperemos que no, porque cuando un sistema pierde credibilidad, es la inestabilidad la que suele apoderarse de la calle.

  No sabemos aún el calado de la recesión económica que está a las puertas, pero lo que tenemos claro es que nunca hemos sufrido una crisis con el nivel de endeudamiento que hoy presentan las familias españolas. No va a ser necesaria una situación como la del 93 para que empecemos a sufrir en nuestras carnes 15 años de excesos placenteros y economía con pies de barro. Si llega el momento de reivindicar, sería una pena que IU no estuviese donde debería estar.