A lo largo y ancho de toda la televisión nacional pululan ya los espacios electorales en los cuales los 2 candidatos al poder no dejan de explicar no por qué ellos son muy buenos, si no más bien, por qué el contrincante es muy malo. He de reconocer que a mí me parecen muy malos los dos. Sobre todo porque ambos están haciendo promesas electorales a porrillo. Y diciendo cómo va a mejorar de manera drástica la vida de todos nosotros en un titá. Vamos, tan pronto como ellos ganen las elecciones.

Lo que más curioso me parece es que los dos contendientes sólo hablan de cómo le van a meter mano a la economía de una maltrechísima, en estos momentos, clase media. Que si dando 400 euros según se pague la declaración, que si dos millones y medio de puestos de trabajo… Mierda! Primero porque lo que necesitamos no son más puestos de trabajo, si no puestos de trabajo de mayor calidad. Y segundo porque esas devoluciones las vamos a pagar, como todo, a escote entre los curritos. Y así con todo. Nadie está hablando de que algunas empresas siguen con sus archimillonarios beneficios, que superan sus propias ganancias año tras año, y que no pagan más impuestos. Y lo que es peor, que no generan riqueza nacional porque sus cuantiosos ingresos no se reparten, como en la manita de Adam Smith, por toda la población, si no que cada vez son más, pero muy pocos, los que están forradísimos y no se preocupan de llegar a fin de mes (excepción de Esperanza Aguirre, claro está). Así que yo, hasta que no oiga a alguien hablando de cómo vamos a repartir de una manera progresiva la pasta gansa que tienen algunos para paliar las miserias diarias que viven otros, tengo serias tentaciones de no votar a ninguno de estos auténticos adalides del Gran Capital y de la sociedad corporativa.

El estado debería estar para servir a los ciudadanos y no a la inversa como nos demuestran nuestros más que sospechosos gerifaltes.