Bangkok. Thailandia

Si llegas desde el Triángulo de Oro, desde la exuberancia de un viaje de naturaleza salvaje, Bangkok se vuelve agobiante en su barrio chino o en su mercado de Patpong. Si has naufragado en el río Mekong y arrastras una leve pulmonía tras un rescate improvisado en la selva, la ciudad se vuelve mas agreste, te sientes mal y quieres que termine el viaje. Huele a metrópoli en desarrollo en la ciudad de Bangkok. Es un olor viciado que comparte con el resto de las metrópolis y se complementa con el desorden de un desarrollo acelerado que me recuerda a México, a Estambul o a Damasco. Fuera de lo monumental los barrios se parecen como trazados por el mismo arquitecto, como si lo único realmente global que compartiesen Asia y América fuera la miseria.

   Sin embargo en eso mismo radica su encanto. En el ruido de las máquinas de aire acondicionado, en la peste de los puestos callejeros de comida o en el bullicio de sus mercados nocturnos donde se mercadea todo. Los hombres avanzan en cuadrillas buscando sexo y el sexo les asalta en forma de menú a la carta. Desde niñas a niños pequeños; travestis o contorsionistas sexuales que juegan al ping pong o a los dardos con el impulso de su entrepierna. No siento asco y  no me impresiona porque cuando viajo casi nunca juzgo. Solo asisto como un espectador más debilitado por la fiebre, el dolor en el pecho y los masajes Thai a un espectáculo humano; demasiado humano.