Ayer tuve la oportunidad inolvidable de entrar en la clínica veterinaria de un colega. Es una de esas clínicas modernas en las que todo es de diseño y muy muy aséptico. Me alegré por él porque parece un buen tipo. Y me alegré por los animalitos allí tratados porque las dependencias disponen de casi todo lo que puedas imaginar en un centro de asistencia sanitaria (rayos-x, cacharros para todo tipo de analíticas, un quirófano que-te-cagas, etcétera).


De pronto me encontré a mí mismo pensando en cuántas personas de este cochino mundo carecen de nada de eso. Incluso en países como EE.UU si no dispones de la pasta necesaria, muchos de esos servicios que cualquier vulgar chuchete del Duranguesado Vasco tiene a su alcance, son impensables. No nos vamos a poner a hablar de cuantas personas de países en vías de desarrollo (que es una manera fina de decir pobres, esclavistas y puteados) no tienen ni nunca tendrán la posibilidad de hacerse una mierda de placa. Simplemente porque a nadie le importa lo suficiente invertir 4 duros malditos en salvar una vida que no aporta nada a la economía global (nada = no produce chorradas para que otros las consuman + carece del dinero necesario para consumir él mismo).

No me malinterpreten, me encantan los animales en casi cualquiera de sus variedades, quizá porque nunca me gustaron demasiado las personas. Y entiendo que, disponiendo de los medios, una persona haga todo lo posible por salvar a esa mascota que es, de hecho, un amigo y un miembro más de la familia. Pero creo que estamos errando el tiro completamente cuando nos olvidamos de que la mayoría de la población de este mundo carece de la asistencia sanitaria que tienen los perritos y que es sólo una cuestión de suerte que nosotros sí la tengamos, por no hablar de la suerte que tiene el chucho.

Lo malo es que ya no puedo decir que tratemos a esa parte menos afortunada de la humanidad como a animales: les tratamos mucho peor!