El caos ferroviario de Barcelona está sirviendo para constatar dos fenómenos íntimamente relacionados: Por un lado, el acelerado modo de vida urbano que se nos impone como una necesidad por el Capital dominante; por el otro, el escaso margen que ese modo de vida deja para el pensamiento, la queja y la acción social. ¿Quién necesita, en realidad, los trenes de alta velocidad? Aquellos cuyo interés ideológico es fomentar la velocidad como arma contra el pensamiento.