Y el mileurismo es milenarismo. El viaje a la gran metrópoli, a la capital, al centro de la capital, es peregrinación milenarista. La religión del valor de cambio tiene su centro simbólico en la ciudad financiera. El viaje al mileurismo es necesidad pero también deseo, mejor: vicio. Basta de quejas. El mileurista no puede, pero tampoco quiere ser otra cosa. El mileurista vive en el cómodo limbo de la indefinición. Suspira por lo que podía haber sido y las pocas oportunidades que tiene de demostrar lo que vale pero alberga la esperanza (fundada) de que en cualquier momento se abrirá la puerta de la oportunidad, dirá adiós a sus compañeros de viaje mileuristas, hará las maletas y se mudará al extrarradio de las familias. El mileurista es por naturaleza quejica y traicionero. Su compromiso es tan volátil como su puesto de trabajo. Es una síntesis entre la mal llamada clase media y el viejo lumpen. No te fíes de un mileurista, se le pasó el arroz y es todo buenas caras y resentimiento. Porque en el fondo de su corazón sabe que estamos al borde del abismo. Espera el Apocalipsis. Y toma asiento en primera fila.
Garikoitz Gamarra.